Lejano al arquetipo del artista trágico Leandro Natale es vivaz e hiperquinético y de una cortesía cuasi victoriana, aunque detrás de su sonrisa cortés se vislumbra la carcajada cáustica o el rictus sardónico del sarcasmo de los lúcidos.

Entre cigarrillo y cigarrillo (a pesar de su afirmación de haber interrumpido este vicio hace un tiempo) y mientras manipula peligrosa y compulsiva y distraídamente cada objeto sobre la mesa, Natale responde a las preguntas casi distraídamente.

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¿Cómo decidiste dedicarte a la fotografía?

Bueno, hace una buena cantidad de años ya que estoy en esto… en realidad seis aproximadamente, que es una buena cantidad de años en la vida de alguien de veintipico, ¿no?

Empecé por pura coincidencia, un día fui a buscar baterías para mi discman y revisando el armario de la casa de mi madre, con la intención de sustraerle unas baterías, dado que en ese momento no era muy afecto a pagarlas, terminé encontrando una cámara; una Nikormat del ’76, y la tomé. Me compré un rollo y me puse a sacar fotos. Estaba en mi segundo año de Comunicación Social y, naturalmente, tenía ganas de hacer algo interesante.

Los primeros rollos no fueron nada particular, aunque desde el vamos empecé con el blanco y negro, en realidad sacando negativo color y emulando blanco y negro.

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El chiste me terminó gustando y eventualmente me compré una ampliadora y empecé a hacer laboratorio.

A los siete meses de estar fotografiando se me metió en la cabeza que quería tener el título de fotógrafo. Hice un breve curso en Motivarte que es una pequeña escuela que queda en Córdoba y Malabia. Con un curso de un mes de Fotografía Básica, empecé a trabajar en mi primera exposición que fue Ruido, la que hice en el «Borges», que es un trabajo bastante clásico de fotografía abstracta en blanco y negro. Mi familia, en particular, no está conectada con el mundo del arte, o sea que, en ese sentido, tengo una instrucción bastante autodidacta.

Un día me acerqué al Borges, había pedido previamente una entrevista con la directora, y le presente el trabajo que tenía entonces, que eran una 20 fotos que había elegido sin ningún tipo de visión artística, ni siquiera de congruencia en el laburo. Pero bueno, como todas esas cosas, cuando uno no se anticipa, le sale bien. Así surgió mi primera exposición, que constaba de diecisiete fotos con una consistencia estética bastante sólida. Después tuve que esperar como tres años para volver a conseguir algo por el estilo.

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Ruido trabaja mucho el tema de las texturas. ¿Fue esa tu intención primigenia?

Yo soy una persona muy detallista y en esa época era más introvertido todavía. A veces, el tema de la fotografía tiene un elemento de practicidad que no se puede ignorar. Y esa practicidad consiste en encontrar las oportunidades para fotografiar, aunque estas seán en medio de otra actividad. Hay una cosa que quiero aclarar: Yo soy ante todo fotógrafo de calle. Salvo en la última exposición, en la que hice fotografía de desnudos (la cual por supuesto no puede hacerse en la calle sin causar accidentes), todo el material que yo fotografío lo hago en medio de mi vida cotidiana, paseándome por la calle; paseando aquí y allá. Entonces, siempre estás conectado con el ambiente público y hay ciertas cosas que podés sacar y ciertas cosas que no podés sacar. A veces hay que ingeniárselas con un charco en la calle. En esa época, y hoy en día también, sigo encontrando los juegos de luces y todo el ambiente y los objetos en sí mucho más interesantes que la gente.

 

 

 

Tu segunda exposición fue Ojos de niño que no fue fotográfica sino de arte digital. ¿Por qué la digresión en generos?

 

Mirá, en realidad, más o menos en la misma época que empecé con la fotografía me nacieron unas ansias bastante fuertes de empezar a trabajar con diferentes tipos arte. Empecé a pintar, también de una manera bastante pobre y autodidacta pero disfrutándolo mucho, hasta que en un momento, la realidad económica de tener que pagar lienzos y óleos se me hizo muy cuesta arriba y, siendo que siempre fuí un chico muy pegado a las computadoras, en esa época estaba haciéndo 2 o 3 cositas de diseño con progamas de gáfica vectorial como el Illustator o el Corel, que son los programas que se usan para hacer diseño. Decidí experimentar con sus posibilidades y comencé a trabajar en una suerte de pinturas modulares en blanco y negro, aprovechando las condiciones de los vectores que, básicamente, permiten diseñar a escala infinita, es decir que vos podés tener un lienzo inmenso para poder empezar a hacer trabajos de grandes proporciones y trabajar una suerte de textura. Combiné entonces los elementos de textura que tenía mi fotografía en Ruido, dándole una forma más bien orgánica, haciéndo una especie de pastiche medio raro que, todavía hoy me cuesta definirlo. La barrera económica se vino una vez más y me resultó imposible costear las impresiones de estos trabajos, cuyas dimensiones se miden en metros. Finalmente opté por hacer un corto de videoarte que utilizó versiones fragmentadas de estas imágenes, las mismas siendo reproducidas al compás de la música. Utilizando el recorte y la secuencia, con “Ojos de Niño” logró mostrar más de 10 piezas de 2×4 metros en una pantalla de cine. Este corto se presentó en el Centro Cultural Konex y otros lados. También me dio la pauta de que en el mundillo del arte, mi arte digital gustó más que la fotografía.

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¿A que crees que se debe eso?

Creo que esto se debe a dos factores. En sí, el trabajo digital que hago es más innovador que el fotográfico. Muchas exposiciones se hacen meramente por esta premisa, sin importar luego la calidad de la obra. El otro factor es el hecho que en Buenos Aires la foto blanco y negro está muy bastardeada. Creo que el criterio que aplican las galerías a la hora de elegir fotos es pésimo y sobreconceptualizado. El nivel técnico de los fotografos que exhiben en BsAs es deplorable, y reina una tendencia donde cualquier snapshot es una obra, siempre y cuando venga acompañada de mil páginas de texto al mejor estilo photoblog. Creo que en Buenos Aires el mundo de la fotografía artìstica acompaña a las agencias publicitarias con el mensaje del “todos podemos”. Todos podemos hacer algo mediocre, por supuesto. Siempre y cuando no le dediquemos más de 15 minutos, todos podemos. Todo va demasiado rápido como para dedicarle más tiempo. Lo importante es la conectividad, dicen. Esta suerte de discurso sacado de un folleto de auto ayuda compite directamente con el elitismo típico del artista, donde en esa vida de hermitaño tiene que ocuparse de hacer algo más o menos como la gente. Si instigamos a la gente que se ponga a crear, escribir o pintar al mismo tiempo que revisamos el mail y hacer mil cosas más no vamos a recibir nada más que exposiciones que poseen la introspección de un mandril. Cualquier cosa seria tiene su período de altibajos. El tiempo y la consistencia permite que aprovechemos lo mejor de los dos momentos y crear algo más balanceado y no tan unilateral. Esto requiere, ante todo, paciencia y tiempo. Ignorarlo y tratar de justificar cualquier arrebato como una expresión válida es de eyaculador precoz. En fín, mi arte digital es más popular que mi arte fotográfico porque la premisa de este sirve de carne de cañón para estas tendencias neófitas.

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¿Cómo siguió tu carrera fotográfica después de la exposición Ruido?

Después de Ruido decidí que quería dedicarme de una manera más seria al arte y la próxima exposición que iba a hacer ya no iba a ser una simple recolección de lo que es “fotografía a ver si me quedó bien, a ver si me quedó mal”, sino un trabajo conceptual preconcebido. Decidí seguir con la línea fotográfica que estaba experimentando en Ruido, que era básicamente macrofotografía y planos abstractos y decidí extender eso a representar a la mujer. Así nació Reminiscencia, la idea me vino, en parte, cuando estaba trabajando como asistente foto gráfico para Para Ti. Estaba muy frustrado con estos enfoques fotográficos que se hacen al cuerpo de la mujer. Siempre son planos generalizados y con lo que yo llamo «condiciones imposibles». Muchachas de 17 años rayando la anorexia, la mejor ropa, increíble iluminación y una tonelada de Photoshop. Socialmente hablado, es una imagen muy dura de tragar para cualquier persona que no se encuentra en condiciones socioeconómicas que le permitan descansar y ejercitar seis horas diarias en el gimnasio. Entonces, ¿cómo hacemos un trabajo de desnudo que no caiga en el típico cliché de mostrar a la mujer linda sin rollos, sin tener que transformarlo, necesariamente, en un trabajo que vaya simplemente al choque? Como ejemplo, la campaña de Dove sobre belleza real tuvo su puntos buenos, pero aún así dependió de los mismos tratamientos lumínicos, fotográficos y estéticos que se aplican a la moda. Simplemente no usaron modelos. Es un paso adelante, pero no es suficiente. El enfoque fue el mismo. Quise inovar y crear una imagen más cruda, verídica pero aún estética y romántica de la mujer. Empecé a trabajar con el tema de los planos en detalle y los planos en abstractos y tratar que la gente, simplemente viendo un aspecto muy pequeño y muy particular del cuerpo, pueda darse cuenta de qué estamos hablando y, quizás, entender un poco el romanticismo detrás de los desnudos.

La primera toma que hice fue, quizá, una de las más fuertes de toda la obra, una toma macrofotográfica de una vagina y eso, básicamente, dictó el sentimiento general de la obra. Las muchachas no necesariamente tienen que estar completamente depiladas todo el tiempo, un rollo puede llegar a ser algo atractivo- No se tiene que hacer un gigantesco esfuerzo teatral para encontrar la belleza en el cuerpo. Lo único que hay que hacer es abandonar un poco el ego y tomar las cosas como son. Si insistimos en imponer estandares inexistentes no hacemos nada salvo sembrar una depresión rutinaria. Guarda, no hablo de conformismo, sino de realismo.

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Es decir que en Reminiscencias seguiste trabajando el tema de las texturas.

De hecho Reminiscencias es, básicamente, texturas aplicadas al cuerpo femenino. Como te había comentado anteriormente, el fotógrafo nunca se puede separar del ambiente que lo rodea y en una sesión de fotos de desnudos es exactamente lo mismo. Todas las muchachas a las que yo les saqué fotos fueron todas amigas o conocidas, personas que voluntariamente se ofrecieron, no trabajé con modelos profesionales ni nada por el estilo. Es bastante complicado sacarte toda la ropa, que te pongan un reflector encima y que te comiencen a fotografiar. Aunque no lo creas, es más fácil sacar una foto en detalle de una vagina y exponerla después en un centro cultural, que hacer un ligero desnudo en plano general. El anonimato por rostro es mucho más fuerte a pesar de que se está mostrando un lado extremadamente íntimo. En ese sentido, el fotógrafo siempre tiene que estar conciente de su ambiente.

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Recuerdo ahora una historia bastante interesante, la primera prueba de fuego que tuve que enfrentar con Reminiscencia creo. Tras revelar las tomas de la primera sesión de fotos que hice para esta muestra, yo no tenía la más mínima idea de cómo iba a tomar el resultado la modelo, por lo que le llevo las copias para que las vea, eran fotos muy fuertes, muy explícitas. A la modelo le encantaron, le gustaron tanto que decidió mostrárselas a su familia conmigo presente en el mismo cuarto. Pensé que me iban a linchar en algún momento y no voy a decir que el padre estaba completamente encantado de ver esas fotografías, pero se lo tomaron bastante bien. Ese fue, me parece, mi pimera victoria con respecto a esta muestra, de ahí en más, el resto del esfuerzo estuvo simplemente en encontrar el ángulo correcto y demás cuestiones técnicas.

Hace un momento decías que cuando comenzaste con Reminiscencias, no querías ir al choque. Sin embargo, para mucha gente lo hiciste.

Sí, si, está bien, uno dice una cosa y termina haciéndo otra, pero hablando en criollo: Es muy común decir “–yo quiero hacer un trabajo que sea artístico pero a la misma vez que denuncie la típica estética de una sesión de fotos de moda”. Mucha gente te va a decir: “-Y bueno, entonces, agarrá un par de gordas y que pongan cara de culo frente a la cámara y las fotografias…”

Lo que yo estaba tratando de hacer, es descubrir que se pueden utilizar otros ángulos para mostrar. Podés tomar una foto de desnudo y que proteste contra el cliché sin irte a lo grotesco. Además, lo más importante para mí fue mostrar esos aspectos poco valorados del mundo femenino. Hay un gran porcentaje de la población masculina que visualiza una mujer que es muy agradable, pero que no menstrúa, que no tiene pelos, no va al baño, es una especie de angelito que no mea ni caga. La idea general era eso. O sea, mostrar una vagina de un punto de vista un poco más crudo, quizás. Pero la obra también tiene otros puntos de vista bastante más sutiles. La idea fundamental de Reminiscencia era mostrar la unidad de esos dos polos, porque en el fondo, todos habitamos en ellos.

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Varias de las obras de Reminiscencia, fueron adquiridas por el Museo del Instituto Kinsey.

El Instituto Kinsey de Sexo, Género y Reproducción, (ese es básicamente el nombre de pila que tienen) es una organización estadounidense dueña de la colección de arte privada más grande del mundo en lo que a sexo y erotismo se refiere. El Instituto fue fundado en una época en la que todo lo que era arte erótico, en Estados Unidos era considerado ponografía y si las autoridades lo encontraban lo quemaban, lo destruían. El Instituto comienza a adquirir todo este material y hoy en día, siguen impulsando los aspectos artísticos del sexo y el desnudo mediante diferentes exposiciones. Ellos se acercaron a mi diciéndome que estaban interesados y adquirieron una cierta cantidad de obras para amalgamarlas en una exposición itinerante sobre fotografía erótica contemporánea. Yo tuve la oportunidad de ir en octubre pasado, a Indianápolis, donde se estaba desarrollando esta muestra en ese momento y ver mi trabajo expuesto.

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¿Cómo fue para vos, como profesional, trascender las fronteras del país?

Para mí fue un golazo y quizás me vino bastante más temprano de lo que tenía esperado. Fue una gran experiencia porque, no es para menospreciar las galerías y los esfuerzos artísticos de acá en Argentina pero, Estados Unidos en ese sentido, son palabras mayores. El nivel de curaduría, montaje, iluminación y la movida que había de difusión en ésa exposición, me pareció algo absolutamente inimaginabe. Lo que yo me esperé que iba a ser un pequeño esfuerzo, resultó ser una cosa muy contundente. En ese sentido, lamentablemente acá, por cuestiones económicas o de desición, se trata de hacer lo máximo con poco. Allá no tienen miedo de ponerle el marco a la obra con el porte que es necesario y la correcta iluminación. Y la verdad es que con un correcto montaje las obras siempre se ven considerablemente mejor. Yo disfruté mucho de la buena ayuda que me dieron en la Alianza Francesa pero bueno, no podés comparar una exposición iluminada con dicroicas a una iluminada con luces de xeon, LEDs de alta intensidad y un sin fin de trucos que hacen que todo se vea más lindo. Es un pequeño aspecto técnico pero, a uno le gusta cuando le tratan bien la obra. Lo más importante es que en EEUU el enfoque que hay sobre la foto blanco y negro es el opuesto a argentina. El respeto que comanda es impresionante. Por ende, el nivel de calidad de las obras que estabas expuestas era sencillamente maravilloso. Fue un verdadero honor poder participar.

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¿Estuviste haciéndo un laburo fotográfico en los bosques de California?

Exacto, aproveché que estaba en Estados Unidos por lo de la exposición y tenía muchísimas ganas, hace un año, de volver un poco a las raices que había hecho en «Ruido». Quería volver un poco a las raíces de la fotografía abstracta. «Reminiscencia» son fotografías de desnudos que tienen como contrapartida fotografía de naturaleza, también en sentido abstracto, ese es un concepto del que me enamoré completamente y que decidí expandirlo más todavía y, aproveché que estaba en Estados Unidos, me tomé un avión a California y me fui al parque nacional Yosemite, que es muy conocido por fotografía de paisaje, pero yo no fui a hacer fotografía de paisaje sino a hacer fotografía abstracta, que es basicamente lo que hice esta última mitad de año. Este año, en verdad, estoy planeando tres, cuatro exposiciones, la más importante para mí es la más reciente, que sería una fusión entre la estética de «Ruido» y la fotografía de naturaleza de «Reminiscencia». No quiero contar muchos detalles pues no quiero embrujarla.

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Comentabas hace un momento que trabajaste para Para Ti, es decir que también te dedicaste a la fotografía publicitaria.

Si; tuve una carrera bastante breve con eso. Empecé trabajando como asistente para Marcelo Molinari, que es un muy buen fotógrafo. En ese momento él trabajaba para Para Ti y hacía otras cosas para Atlántida, no sé si en éste momento continúa haciéndolo. Yo estaba interesado en ponerme a trabajar comercialmente como fotógrafo y me pareció una buena manera para empezar.

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¿Por qué desististe?

No me gusta la moda. El ambiente comercial de la fotografía es, sobre todo acá en Argentina, muy tedioso. Todos los días teníamos una sesión de largas horas, el fotógrafo no tiene control sobre su trabajo, a pesar de ser un profesional con años de experiencia. Marcelo, para una sesión de fotos donde se presentan siete u ocho fotos como finales, tenía que presentarle a la editorioal 25 o 30. Ellos siempre elegían las peores. Salvo algunas excepciones muy particulares (como el diario La Nacion), en Argentina los editores fotográficos son muy malos. Jamás supondrías la verdadera calidad de un fotografo argentino viendo su material publicado.

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En el caso de la revista Para Ti tenía se sosotienen canones medios zonzos, como que las muchachas siempre tienen que sonreir porque de lo contrario se caería en una estética demasiado dark. Con semejante panorama eventualmente, después de una decena de sesiones terminás cayendo en cuenta de que podés resumir todo el trabajo en una sola foto. A mi entender este problema no tiene relación con la capacidad estética de los profesionales de la fotografía, sino con los productores y la estética general que buscan este tipo de revistas, porque me encantaría poder decirte que Para Ti es un caso único, pero lamentablemente el grueso de la fotografía de moda que se hace acá, en Buenos Aires, en Argentina en general, es bastante pobre.

Una pequeña confidencia que, la verdad, no es ningún secreto en el ambiente: La vez que voy a tener mi primera sesión de fotos, me encuentro con Marcelo en su casa y agarramos una gran pila de revistas, de Estados Unidos, de Italia y de Francia, del estilo de la Vogue o la Harper’s Bazaar, todas de alta gama del año anterior, es decir, todas con la colección pasada. Entonces Marcelo me señala una revista y me dice: «…los productores quieren hacer esta foto». Por lo que en definitiva, lo único que hacíamos era copiar o emular pobremente, ya sea por cuestiones económicas o por el mismo pensamiento de los poductores, las fotos que se hicieron hace 6 meses o un año en otros lados. Ya ese tipo de enfoque de no querer presentar algo original, de no querer buscar una estética propia sino simplemente estár zanguijueleando las desiciones estéticas del primer mundo, me pareció bastante pobre. Al mismo tiempo, hay que decir la verdad, la paga era más o menos buena y Marcelo es un excelente jefe, esto es lo que más me mantuvo en el laburo, pero eventualmente, terminé aburriendome en demasía. Esto, sumado al hecho de que era un empleo sin futuro, porque me encantaría decirle a todo el mundo que trabajando de asistente X cantidad de años, eventualmente empezás a agarrar la cámara, pero no es así. Yo me limitaba a cargar rollos, a bajar las tarjetas de memoria en el caso de fotografía digital, a ajustar los flashes, todo lo que es para el tema de montaje de estudio. Aprendí bastante sobre cómo hacer una sesión, cómo hablarle a las modelos, a los productores, cómo mantener tranquilo al maquillador y al peinador que siempre están ahí encima. Pero bueno, no era algo para mí básicamente.

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¿Cómo es el trato con las modelos? Hay una fantasía popular, como dice la canción de Sabina «me gustaría ser fotógrafo en Playboy«.

Bueno, en ese sentido, también sigue siendo mi fantasía. Pero lo que hay que decir, es que hay una gran diferencia entre las muchachas que podés fotografiar en Playboy con las modelos con las que uno hace para una sesión de fotos o una campaña para una revista como Para Ti. El trato debe oscilar entre la adulación por la muchacha y estar siempre con un bastoncito por si se pasa de línea en algún momento. Las chicas siempre tienen que estar adulando a los productores o a los fotógrafos porque sino las van a sacar en “el mal ángulo…” Siempre está esta relación de amiguismo en que todo el mundo se conoce, muy parecido a lo que se encuentra con un relaciones públicas haciendo amistades en un boliche. En fín, todo es muy frívolo e insulso.

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Los fotógrafos más populares son muy conocidos por maltratar a las modelos porque un típico problema que hay en las sesiones de fotos de moda es que, la modelo cree que tiene fuertes conocimientos de fotografía y de moda y empieza a acotar sobre qué ropa tiene que usar, que postura tiene que presentar y cuál es el lente que se tiene que usar. Normalemente todos esos comentarios son descartados en un 99% de los casos, dado que la modelo está equivocada en un 100% de los casos. Pero cuando la modelo es muy fuerte, en el sentido de que es muy popular y tiene un caché bastante importante, como cuando trabajamos con Carolina “Pampita” Ardohain, se le dan ciertas conceciones, es decir que se hacen las fotos y después se descartan. Pero, en general, yo habré conocido cincuenta o sesenta modelos de diferentes edades y diferentes particularidades y, normalmente, son bastante agradables. Hacen su trabajo, no pidas tener algún tipo de relación más allá de lo que se hace en la sesión. Con esto quiero decir que no probé bocado pero, después de todo, hay que tener en cuenta que yo era un asistente, o sea que mi posición en la escala alimenticia era bastante baja.

Nos queda mencionar tu tercer laburo fotográfico importante, al que bautizaste “Expuesto” que, si no me equivoco se trata de fotografía de calle no abstracta.

Si, es una colección de fotografías que he sacado a lo largo de estos últimos años. Se trata de tomas de personas tomadas en espacios públicos, el grueso de ellas tomadas en subtes o colectivos. Es un laburo que nunca expuse, dado que siempre estuve secundario a otros. Uno de estos días me voy a ocupar de darle el trato que merece. Es el lado menos frívolo y más humano de mis fotos.

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¿Cómo reacciona la gente cuando ve que la estás fotografiando?

En muy pocas de las fotos que tengo la gente me mira cuando la estoy fotografiando; todo el mundo se da cuenta, no trato de hacer una foto robada, nunca uso lentes angulares o un pequeño snapshoot, cosas así rápidas, siempre es una foto bien pensada, con el ángulo bien buscado. Es imposible que la persona no se de cuenta que la estoy fotografiando, además, cualquier persona que estuvo en el subte, se dará cuenta que, debido a las dimensiones de los vagones, es imposible que pase inadvertida una persona con una cámara, bastante grande debo agregar, disparando y haciéndo ruido metálico a cada minuto. La gente se lo toma bien, un par de veces he entablado conversaciones con personas después de fotografiarlas pero, normalmente, es una comunicación silenciosa.

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Un buen porcentaje de las fotos de subte son exactamente la persona que tengo frente e mí y es un momento raro, o sea, el enfoque que quiero hacer en «Expuesto» es conseguir a las personas en un momento de introspección, en ese momento de contemplación que a veces se da cuando son las 7 de la tarde, terminaste de laburar, estás molido o justo tuviste algo y estás pensando algo tan fuerte que te abstrajíste completamente de tu ambiente. No estás ni con el celular, ni leyendo un libro, ni escuchando música. Estás ahí, pensando, y tu cara muestra completamente qué es lo que tenés en la cabeza en ese momento.

Es decir, en el fondo la persona está decidiendo, incoscientemente o no, exponerse al resto de las personas. Si le sacan una foto o no, es un detalle.

Nunca he tenido una sola persona que se queje ni nada por el estilo, a lo sumo una cierta mirada de vergüenza o miedo pensando que ese pequeño momento que alguna gente lo puede llegar a pensar como una debilidad, quedó registrado y que eventualemente se puede mostrar en la vía pública.

En diciembre, en Clarín digital, se hizo una minimuestra virtual de unas 25 fotos y es impresionante la cantidad de mails que recibí de personas diciéndo cómo compartían la sensación general de todas las personas fotografíadas. Me parece que, en ese sentido, nunca he tenido un problema porque la gente se lo toma bien porque me lo tomo con respeto. No estoy fotografiando una chica que se ve linda con una pollera en la línea B. Estoy fotografiando a una persona sin importar la edad, sin importar la apariencia física, en un momento importante de su divague mental. Las trato con respeto, no me presento como una persona ladina, escurridiza, que va y simplemente está buscando su material y después se da a la fuga. En definitiva lo que quiero decir es que siempre me ha ido bien, tán bien, vale la pena decirlo, que de esta manera conocí a mi novia. Estaba en el subte, era uno de los últimos días de la exposición en el Borges, «Ruido«, y yo estaba yéndo para allá cuando me encuentro con una muchacha sentada con ese ambiente mental que busco en los sujetos del subte. La empecé a fotografiar; en un momento la muchacha se da cuenta y me mira. Por mi parte, cuando una persona me encara trato, normalmente, de comunicarles visualmente que está todo bien, sobre todo en el caso de las mujeres que, teniendo en cuenta como son los tiempos hoy en día, tienen todo el derecho a ponerse nerviosas si encuentran un extraño fotografiándolas en el subte. Dimos un muy buen contacto. Yo, como regla personal, no inicio ningún tipo de conversación con una persona que fotografié en el subte. Pero cuando me bajo en mi estación, esta muchacha se baja conmigo y me pregunta si le saqué una foto. Nos quedamos conversando y bueno, cuatro años más tarde estoy viviéndo con ella. En este sentido, Reminiscencia y Expuesto son los trabajos que mayor retroalimentación han tenido con el público, las personas me mandan mails diciéndome: «Yo me paseo bastante por el subte, veo las imágenes que vos ves». En el fondo, es un ejercicio de comunicación, de ahí mi estima a la fotografía. Posiblemente el potencial estético de la fotografía sea menor que el de la pintura u otros métodos plásticos. Pero tiene ese elemento social, ese elemento de comunicación que lo hace un arte mucho más maduro que el resto de las técnicas. Está ahí con el cine y con el teatro, pues compartimos ese grado de comunicación y complicidad de estar en un lugar común. El arte siempre evoca magia, y no hay nada más placentero que ser testigo a algo hermoso en un lugar tán común como una butaca en camino al laburo.

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Leandro Natale presentará su último trabajo de arte digital, “Mutila”, en un stand propio en Arteclásica 2008 del 10 al 15 de Julio. Su último trabajo fotográfico también se expondría este año.

Retrato

Leandro Natale

 

Sobre El Autor

Damián Blas Vives es actualmente es Director de Gestión y Políticas Culturales de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno. Entre 2016 y 2020 coordinó el Centro de Narrativa Policial H. Bustos Domecq de dicha institución y antes fue Coordinador del Programa de Literatura y editor de la revista literaria Abanico. Dirigió durante una década el taller de Literatura japonesa de la Biblioteca Nacional, que ahora continúa de manera privada. En 2006 fundó Seda, revista de estudios asiáticos y en 2007 Evaristo Cultural. Coordina el Encuentro Internacional de Literatura Fantástica y Rastros, el Observatorio Hispanoamericano de Literatura Negra y Criminal. Ideó e impulsó el Encuentro Nacional de Escritura en Cárcel, co-coordinándolo en sus dos primeros años, 2014 y 2015. Fue miembro fundador del Club Argentino de Kamishibai. Incursionó en radio, dramaturgia y colaboró en publicaciones tales como Complejidad, Tokonoma, Lea y LeMonde diplomatique. En 2015 funda el sello Evaristo Editorial y es uno de sus editores.

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