Recuerdo que, de adolescente, cuando consulté a un par de amigos libreros, siempre tuve amigos libreros, por la narrativa de Forn, los más puristas ensayaban su consabida mueca de desprecio y me decían que ocupara mi tiempo en otras lecturas, puesto que “-dentro de cinco años a este tipo no lo va a recordar nadie…”, sin embargo, los más enfermitos, esos que se copaban con el free jazz y Zappa e intercalaban en sus lecturas a autores como Easton Ellis, Pessoa (cuando no estaba de moda), Copi y Huysmans, cerraban los ojos y asentían misteriosamente. Leí Nadar de noche cuando fue reeditado por Alfaguara para hacerle una entrevista radial a Forn y, por algún motivo no pude conservar el libro (estará en la biblioteca de mi socia de aquellos años), pero algo de esos relatos quedó en mi inconsciente. De tanto en tanto recuperaba matices o elementos de esas narraciones, como si continuaran creciendo en mi interior. El libro tenía esa cualidad fantasmal con que algunas obras de arte obsesionan al espectador.

La nueva reedición de Nadar de noche (Planeta 1991- Alfaguara 2002- Emecé 2008) la confirma como la obra más emblemática de su generación y a su autor Juan Forn como un referente ineludible de la narrativa de habla hispana.

lecturas 1

Era demasiado tarde para estar despierto, espe­cialmente en una casa prestada y a oscuras. Afuera, en el jardín, los grillos convocaban empecinados y fu­riosos la lluvia, y él se preguntó cómo podían dormir en los cuartos de arriba su mujer y la beba con ese murmullo ensordecedor.

Tenía insomnio, estaba en pantalones cortos, sen­tado frente al ventanal abierto que daba a la terraza y al jardín. Las únicas luces prendidas eran los focos adentro de la pileta, pero la luz ondulada por el agua no conseguía matar del todo la sensación de estar en una casa ajena, el malestar indefinible con aquel si­mulacro de vacaciones.

Porque, en realidad, no estaba ahí descansando si­no trabajando. Aunque el trabajo no implicase nin­gún esfuerzo en particular, aunque no tuviese que hacer nada, salvo vivir en esa casa con su mujer y su hija y disfrutar las posesiones de su amigo Félix, mientras éste y Ruth remontaban el Nilo y gastaban fortunas en rollos de fotos y guías egipcios sin dientes, a cuen­ta de una revista de viajes italiana.

Para calmarse, para atraer el sueño, pensó que no iba a pisar Buenos Aires en todo el mes. Viviría en pantalones cortos y sin afeitarse, cortaría el pasto, cuidaría la pileta, vería videos y escucharía música mientras su hija crecía delante de sus ojos y su mujer inventaba postres raros en la cocina. Y en todo ese tiempo quizá le dejaran algún mensaje mínimamen­te estimulante, o al menos catastrófico, en el contes­tador automático de su departamento.

Mientras tanto, a lo mejor Félix y Ruth decidían prolongar su viaje un mes más, o tenían un acciden­te, o se enamoraban los dos de un mismo efebo an­drógino y analfabeto en Alejandría. Un mes podía ser mucho tiempo en algunos lugares; un mes podía ser casi una vida. Para su hijita, por ejemplo. Tenía que empezar a vivir al ritmo de ella, como le había dicho su mujer. Día por día, hora por hora, lentamente. Te­nía que asumir la paternidad de una vez, como dirían Félix y Ruth, si es que no lo habían dicho.

Entonces oyó la puerta. No el timbre sino dos gol­pecitos suaves, corteses, casi conscientes de la hora que era. Cada casa tiene su lógica, y sus leyes son más elocuentes de noche, cuando las cosas ocurren sin pa­liativos sonoros. Él no miró el reloj, ni se sorprendió, ni pensó que los golpes eran imaginación suya. Sim­plemente se levantó, sin prender ninguna luz a su pa­so y cuando abrió la puerta se encontró con su padre parado delante de él. No lo veía desde que había muer­to. Y, en ese momento, supo incongruentemente que ya se había hecho a la idea de no verlo nunca más.

Su padre tenía puesto un impermeable cerrado hasta arriba y el pelo tan abundante y bien peinado como siempre, pero totalmente blanco. Nunca habían sido muy expresivos entre ellos. Él dijo: «Papá, qué sorpresa», pero no se movió hasta que su padre pre­guntó sonriendo:

-¿Se puede pasar?

-Sí, claro. Por supuesto.

El padre cruzó el living a oscuras y el ventanal abierto y fue a sentarse en una de las reposeras de la terraza. Desde allá miró hacia adentro, lo llamó con la mano y tocó la reposera vacía a su lado. Él salió obe­dientemente a la terraza. Dijo:

-Dame el impermeable, si querés. ¿Te traigo algo         para tomar?

El padre negó con la cabeza a ambas ofertas. Des­pués se estiró todo lo que pudo y respiró hondo sin perder la sonrisa.

-Va a llover en cualquier momento -dijo-. Qué maravilla. ¿De día es así, también?

-Mejor. Para Marisa y la beba, especialmente.

-Marisa y la beba. Debes de tener un montón de cosas para contarme, ¿no?

Él sintió que se le aflojaba apenas la mandíbula. En los sueños en que volvía a verlo, su padre siempre es­taba al tanto de todo lo que les había pasado a ellos en su ausencia.

-Sí, claro -dijo-. Supongo que sí.

-Por supuesto, no pretendo que me pongas al día con las noticias. Obviemos la política, el trabajo, el mundo en general, si es posible. Las cosas domésti­cas, me interesan. Tus hermanas, vos, Marisa, la be­ba. Esas cosas.

A él le sorprendió que mencionara la palabra do­mésticas. Y mucho más aún que hubiese nombrado a todos menos a su madre, pero no supo qué decir.

-Voy a servirme un whisky. ¿Seguro que no que­rés?

-No, no, gracias. A propósito, qué buena idea, las luces adentro de la pileta.

-No es mía -dijo él antes de entrar-. La casa, quiero decir.

Cuando volvió a aparecer, con un vaso bastante lleno, se frenó detrás de la reposera de su padre y sin­tió de golpe que todavía no se habían tocado.

-Yo creí -dijo, desde ese lugar- que vos veías todo lo que pasaba acá, desde donde estabas.

La cabeza de su padre se movió levemente a uno y otro lado, varias veces.

-Lamentablemente no. Es bastante distinto de lo que uno se imagina.

Él miró la pileta y tuvo la sensación de que no con­trolaba lo que decía ni lo que iba a decir.

-Si supieras la cantidad de cosas que hice en es­tos años para vos, pensando que me estabas miran­do. -Y se rió un poco, sin alegría pero sin amargura, para vaciarse los pulmones no más. -O sea que no sabés nada de estos cuatro años. Qué increíble.

El padre se reacomodó en la reposera y lo miró de costado.

-A lo mejor hay cambios, adonde nos mandan ahora. Si te sirve de consuelo.

Él lo miró sin entender.

-Hubo un traslado. Voy a estar en otra parte, a partir de ahora. No sólo yo; muchos más. Las cosas allá no son tan ordenadas como se supone. A veces pasan estos imprevistos. Digo, que esté ahora con vos.

-¿Y por qué conmigo? ¿Por qué no fuiste a ver a mamá?

El padre miró un rato la luz ondulante de la pile­ta. Su cara cambió muy levemente, hubo un ínfimo matiz de tristeza en su inexpresividad.

-Con tu madre hubiera sido más difícil. Una no­che no es tanto tiempo, y yo necesito que me cuentes todo lo que puedas. Con tu madre hablaríamos de otros temas. Del pasado, especialmente; de ella y yo, de muchas cosas buenas que vivimos los dos juntos. Y eso hubiera sido injusto de mi parte.

Hizo una pausa.

-Hay ciertas cosas que son técnicamente imposibles en mi estado actual: sentir, por ejemplo. ¿En­tendés? En cierta medida, lo que soy esta noche es al­go que no tendría valor para tu madre. Con vos, en cambio, es más simple, para decirlo de alguna mane­ra. Siempre te ubicaste en una posición panorámica en cuanto a las emociones. Con tu madre, con tus hermanas, con vos mismo. En fin.

Hizo otra pausa.

-También pensé que podrías arreglártelas mejor con los sentimientos que te provoque esta visita. A fin de cuentas, yo nunca fui tan importante para vos, ¿no es cierto?

Él sintió algo que hacía mucho tiempo que no sen­tía. Una especie de sumisión y de necesidad de opo­nerse a esa sumisión. Supo de pronto que en los últi­mos cuatro años no había sido esto que era ahora, nuevamente: hijo de su padre. Fue hasta el borde de la pileta, se sacó los mocasines y se sentó con las pier­nas dentro del agua.

-Si no hubieras sido tan importante para mí, en­tonces no habría hecho las cosas que hice para vos, por vos, en estos años. ¿No se te ocurrió pensar eso?

-No.

Él quedó perplejo. La respuesta le había parecido tan rápida y brutal que sonó sincera. Y justamente por eso inverosímil. Cobarde. Casi injusta.

-y ahora que sabés, qué -atinó a decir.

-Nada -contestó el padre.

Después se levantó, llevó la reposera hasta el bor­de de la pileta y se sentó con las manos en los bolsillos.

-Supongo que no cambia nada. Lo que hiciste, ya lo hiciste. Y me parece que no tiene sentido que te enojes ahora, con vos o conmigo, por eso. ¿No?

No sólo era inútil, además empezaba a sentir que no le era lícito, frente a la condición de su padre, cues­tionar nada, ni permitirse esa belicosidad insólita. La necesidad de oponerse se desvaneció y sólo quedó la sumisión, no ya dirigida a su padre sino a un estado de cosas, a una abstracción obtusa e inabarcable.

-Es cierto -dijo-. Perdón.

Se quedaron callados un rato, hasta que él dijo: -De todas maneras, exageré un poco. No fueron tantas las cosas que hice pensando en vos.

El padre soltó una risita.

-Ya me parecía.

Un relámpago rajó en dos el fondo del cielo. Cuan­do sonó el trueno el padre se encogió y volvió a oírse su risita.

-Ya casi no me acordaba de estas cosas. Es nota­ble cómo funciona la memoria, lo que conserva y lo que deja de lado.

-Los grillos -dijo él-. ¿Los oís? No me dejaban dormir. Por eso estaba despierto cuando llegaste.

Después de decir estas palabras dudó. ¿Los gri­llos? Pero lo pensó mejor y prefirió quedarse con la duda.

-Bueno -dijo el padre con voz muy suave-. A lo nuestro.

-¿Puedo preguntarte algo, antes?

La reposera crujió. Él hizo un esfuerzo para mantenerle la mirada a su padre.

-Como quieras. Pero ya sabés cómo es eso: una vez que te enterás, difícil que puedas borrártelo de la cabeza. No es una amenaza. Lo digo por vos, simplemente.

-Sí, ya sé -dijo él. Y preguntó, con voz insegu­ra:- ¿Todos van al mismo lugar? ¿No importa lo que haya hecho cada uno?

-Eso es algo que podría haberte contestado des­de los veinte años, más o menos. Siempre sospeché que importaba más en vida que después. En cuanto a la otra pregunta, no es exactamente un lugar, adonde van. Pero sí: todos van al mismo, en la medida en que todos somos relativamente iguales. El modo de vida de tu vecino y el tuyo, por ejemplo, se diferencian tanto como tu estatura y la de él. Son matices, y los matices no cuentan. Digamos que hay, básicamente, sólo dos estados: el tuyo y el mío. Es bastante más complejo, pero no lo entenderías ahora.

-Entonces vos y yo vamos a encontrarnos de nuevo, en algún momento -dijo él.

El padre no contestó.

-¿Importa algo estar juntos, allá?

El padre no contestó.

-¿Y cómo es? -dijo él.

El padre desvío los ojos y miró la pileta. -Como nadar de noche -dijo. Y las ondulaciones de la luz se reflejaron en su cara. -Como nadar de noche, en una pileta inmensa, sin cansarse.

Él tomó de un trago el whisky que quedaba en el vaso y esperó a que llegase al estómago. Después ti­ró los hielos en la pileta y apoyó el vaso vacío en el borde.

-¿Algo más? -dijo el padre.

Él negó con la cabeza. Movió un poco las piernas en el agua y miró la base de la reposera, el impermea­ble, la cara blandamente atemporal de su padre. Pen­só en lo reticentes que habían sido siempre en todo contacto corporal y le parecieron increíblemente in­genuos y artificiales aquellos abrazos en los sueños en que aparecía su padre. Esto era la realidad: todo se­guía tal como había sido siempre, y recomenzaba ca­si en el mismo punto en que quedara interrumpido cuatro años antes. Aunque sólo fuese por una noche.

-Por dónde querés que empiece -dijo.

-Por donde quieras. No te preocupes por el tiempo: tenemos toda la noche. Hasta que termines no va a amanecer.

Él respiró hondo, largó el aire y supo que había en­trado en la noche más larga y secreta de su vida. Em­pezó, por supuesto, hablando de su hija.

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