El país de la infancia y de la adolescencia. La violencia en los años ´70 y la Iglesia del Tercer Mundo; el Concilio Vaticano Segundo, la Cumbre de Obispos en Medellín y la Teología de la Liberación. La política, el catolicismo y el puente. Tensión y trabajo social. La militancia y los colegios religiosos. La vida cotidiana y una mirada. Una novela testimonial que refleja el preámbulo del drama. La renovación de la vida religiosa y de la vida cristiana de una parte ingenua de la feligresía que comete el pecado de inexperiencia. La formación sacerdotal y tantos católicos inmersos en prácticas políticas. Católicos de un lado y del otro; militantes y misioneros ofrecidos como sacrificio histórico. La trama y su revés. La Iglesia con un pie puesto en cada lado y el resultado, una generación diezmada tras los vientos religiosos que se sumaron a la tempestad. Un contexto que enmarca dinámicas sociales y políticas que encontrarán como respuesta una represión en ascenso; que abrirá paso a la dictadura más sangrienta. Una asociación, con beneficio de inventario, entre el Estado y aquella Iglesia desbordada por los acontecimientos; la interna peronista replica en lo clerical. El Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo cobra fuerza y hace ruido. Ese proceso, de transformación religiosa y social, generó reacciones en aquella Iglesia que, en el siglo XX, pudo ser atravesada por distintas corrientes de pensamiento-el nacionalismo católico, el humanismo cristiano y, entre ambas, un catolicismo culto y elitista, pero también otro de raigambre popular-. Al peronismo se llega desde distintas vertientes de la religión católica, en especial, desde el catolicismo social. La Doctrina Social de la Iglesia y el Peronismo. Una novela que hace pie en el tiempo que describe, un tiempo de edades apasionadas, todo enmarcado en la estructuración cultural que desnuda cada parte importante del presente eterno. Frik, adolescente no militante, cursa el último año de estudios en el Sagrado Corazón de Castelar; introvertida, sensible y pensante. Es hija y heredera del desarraigo. Sus padres, Antonio y Ana, dejaron atrás la España en guerra, la de Franco. Cada uno con su historia a cuestas llega a la Argentina que los une; al tiempo nace la niña y años más tarde Fito, el hermanito. La rama partida y repartida como símbolo. En el Sacre Coeur, el objetivo principal era promover en sus alumnas la voluntad y la resistencia; de ahí, el rigor disciplinario y las competencias. Frik y otras compañeras de estudios integrarán, junto con chicos de un colegio vecino, también religioso, el elenco de Todos eran mis hijos, la obra de Arthur Miller que, mediante un drama familiar, alumbra un planteo sociológico: El éxito como valor supremo, a la par del poder y del dinero, traería penosas consecuencias-. Un ejemplo de tragedia contemporánea; ese culto al éxito y al poder generaría personas destinadas a fallar como piezas defectuosas. La novela se instala en un tiempo de contradicciones, de tensiones políticas, sociales y filosóficas. Un puente de carne y huesos jóvenes, que antes había servido para hacer posible aquel retorno, una vez cumplido el objetivo debía desaparecer sin dejar rastros de la utopía. Mientras unos pensaban en las urnas de la democracia, otros imaginaban las urnas fúnebres vacías tras la desaparición del puente humano, un puente de hijos.

La novela nos conduce a un pasado que hoy, más que nunca, está políticamente presente. ¿Qué paralelo podríamos intentar hacer entre aquellos sueños y esta realidad?

El orden social sigue siendo atrozmente injusto, en comunidades que se dicen cristianas y en otras que no lo son. Millones de personas viven en el desamparo, sufren guerras, carecen de toda oportunidad para mejorar sus vidas y para desarrollar sus potencialidades. La humanidad está lejos de haber eliminado la pobreza, en todas sus formas. Se proponen, en el mejor de los casos, paliativos (en forma de distintos tipos de ayudas o subsidios), pero eso no implica la inserción de los postergados en el circuito del trabajo real, como agentes sociales protagónicos. Y está ocurriendo también en países del llamado Primer Mundo.

¿Los modelos en pugna siguen siendo los mismos?

Hubo algunos cambios considerables entre las fuerzas en juego. Cayeron la Cortina de Hierro y el Muro de Berlín, no estalló (como se temía en los años de mi adolescencia) la Tercera Guerra Mundial entre los dos grandes bloques que entonces se disputaban el liderazgo: los Estados Unidos de Norteamérica y la Unión Soviética. Pero hay focos de violencia en todo el planeta y pasaron a primer plano otros conflictos que hoy tienen una enorme gravedad, como los que plantean el terrorismo internacional y los fundamentalismos. También emergieron en el horizonte económico y político nuevos actores, que adquieren un peso cada vez más importante: China, por ejemplo.

En los años ’70 dominaba, dentro de lo que podríamos llamar una visión progresista, la idea de que el mundo estaba destinado a girar hacia el socialismo. Ahora asistimos, por el contrario, al fenómeno de concentración de la riqueza cada vez en menos manos, así como a la intolerancia política y religiosa. Incluso muchos países desarrollados sufrieron y aún sufren crisis que dejan a buena parte de la población fuera del sistema: sin trabajo, y también sin vivienda. Esa coyuntura no ha terminado de superarse y entre sus consecuencias está una nueva emigración europea, en los estratos más jóvenes. Vemos que las redes del narcotráfico se han expandido, a través de la corrupción y la intimidación, en los más altos niveles de muchos gobiernos, y que captan sectores marginales en los países más pobres y con mayor grado de desigualdad social.

Por otro lado, hubo transformaciones positivas en Latinoamérica, porque cayeron las dictaduras y ahora estamos consolidando formas democráticas de vida y buscando maneras de unirnos como un bloque geopolítico. Hay logros y hay esperanzas, aunque eso no implica haber resuelto otros problemas.

¿La Iglesia, como institución, desamparó a los jóvenes después de haberlos catequizado a la luz de una mirada comprometida, convocante y transgresora?

En las instituciones se dan “internas”, líneas de pensamiento, también “modelos en pugna”. Y en la Iglesia Católica no fue la línea de la Teología de la Liberación la que triunfó. Ganaron otros, no los que simpatizaron con esa opción. Entre nosotros se da el caso del retroceso de obispos que se habían plegado a movimientos sociales y que luego se retiran de esas posiciones, asustados ante lo que ocurre, previendo consecuencias funestas para ellos y para el clero tercermundista en general. Y por supuesto durante la última dictadura militar es el ala conservadora más recalcitrante la que domina la Iglesia en la Argentina. Esto resultó particularmente desgraciado, porque si la Iglesia, como institución, y en ejercicio de una autoridad moral, hubiera denunciado formalmente todo lo que ocurría de manera clandestina, en lugar de avalarlo o de callarse, la historia podría haber sido otra. Pero no tuvimos un Hélder Cámara, o los que podrían haberlo sido terminaron muertos, muy pronto.

¿Qué diferencia podemos destacar entre los pobres de los años ´70 y la pobreza actual?

Me parece que algunas condiciones estructurales empeoraron. Recuerdo un libro que se difundió mucho hace unos años, de Viviane Forrester: El horror económico (1996), donde se señala que, si antes las reivindicaciones sociales pasaban sobre todo por mejorar las condiciones de vida de los trabajadores, en el mundo globalizado hay masas “superfluas”, millones de personas que van quedando fuera de toda oportunidad laboral, al margen de un sistema que gira más sobre lo financiero que sobre lo productivo. Haciendo un poco de humor negro, podríamos decir que ni siquiera tienen “la suerte” de ser explotados, porque no son ya necesarios para generar la riqueza de otros; directamente se caen del mapa. Por otro lado, esos sectores vulnerables, subempleados o desempleados, resultan un elemento importante (y eso lo vemos mucho hoy en Latinoamérica) para las redes delictivas, como las de comercialización de la droga. Un mundo (o sub mundo) paralelo donde rigen otras leyes, atravesado por la violencia. Y donde parece posible una especie de “promoción heroica”, encarnada en figuras carismáticas y perversas, como la de Pablo Escobar, u otros “reyes narco”, que se han convertido últimamente en personajes de populares telenovelas.

¿Qué recuerdos guarda en la memoria sobre el periodismo de aquel tiempo?

De la época del Proceso recuerdo una prensa en general amordazada o aquiescente. Había algunas excepciones, como el Herald. O Radio Colonia, por donde se filtraban informaciones. Y la revista Humor, que era maravillosa, y que esperábamos como al aire fresco en un medio enrarecido.

¿Qué tiene más peso en nuestra clase media, los ideales o los intereses?

Creo que en Argentina los intelectuales tenemos una especie de obsesión por criticar a la clase media. Tampoco soy una excepción a la regla y es lógico; la mayor parte de los escritores de hoy venimos de ahí, es el ámbito en el que nos formamos y del que sabemos bastante. Me parece que justamente la tragedia de la clase media es quedar tironeada entre las dos cosas, pendulando entre uno y otro extremo. La mayor parte seguramente desciende de sectores inmigrantes que llegaron al país con el deseo (muy legítimo) de ascenso social, de lograr lo que las condiciones históricas en sus países de origen no les permitían. Persiste por un lado la conciencia de que todo lo obtenido ha sido fruto de un enorme esfuerzo y que debe ser preservado por las generaciones siguientes. Por otro lado, parte de esas nuevas generaciones lee, se impregna de ideas generales de justicia, más allá de los intereses particulares. Tiendo a creer que existe más bien una oscilación permanente. Desde ya que habrá muchos como los personajes de Esperando la carroza, llenos de prejuicios, desesperados por no perder su poco estatus, o bien trepadores inescrupulosos y en cualquier caso, limitados y egoístas. Pero, aparte de que el egoísmo no es una exclusividad de la clase media, también dentro de esta clase se gestan conciencias incómodas, individuos que se sienten acorralados desde arriba y desde abajo, presos entre llamamientos y deberes a menudo contradictorios.

¿Por qué un inmigrante español, como don Antonio, elegiría para su hija un colegio religioso, teniendo en cuenta que en aquella época la educación pública aún gozaba de prestigio?

Eso responde, en la novela, a un hecho biográfico personal, al que ya me referí otras veces (en particular en la novela anterior: Árbol de familia). Mis padres venían de distintos sectores sociales y tenían diferentes historias. Papá, del medio rural gallego, donde la vida era muy dura, aun para los que tenían fincas propias, como era el caso de mis abuelos, y donde los hijos solían emigrar porque no había tierra para todos. Mamá llegaba de una familia de clase media-alta urbana, totalmente venida a menos, aunque con una ideología que seguía siendo conservadora. Pero los dos eran personas inteligentes, que valoraban mucho la educación y que no habían podido acceder a estudios universitarios. La elección de esa escuela no pasó sin conflicto, precisamente porque era una escuela religiosa. Mi papá siempre se consideró un agnóstico, y era anticlerical, como casi todos los socialistas. Pero también estaba acostumbrado a convivir con la religión, en su propio medio familiar de origen, donde las mujeres, sobre todo, continuaban siendo creyentes. Por eso se daban situaciones paradójicas a las que Árbol de familia se refiere con cierto humor: “siguieron festejándose bautizos y comuniones, casamientos y funerales. Los ateos asistían, displicentes, a todas las ceremonias, a uno y otro lado del océano, y también las pagaban. Cuanto más ateos, más llamativas solían ser las fiestas, acaso porque sus mujeres las organizaban de tal modo para que San Pedro se las tuviera en cuenta, y se compensase con ellas su déficit de piedad cotidiana.” El hecho es que el Sagrado Corazón (que además estaba a menos de dos cuadras de mi casa) tenía fama de ser una excelente escuela. Lo era, en términos de exigencia intelectual, y se puso cada vez más interesante después del Concilio Vaticano II. Ahí tuve profesores de literatura, como Elsa Rossi o Carlos García Mochales, que nos motivaron muchísimo. Y así fue como realmente representamos, con los alumnos de la escuela de varones de enfrente, dos obras de Arthur Miller, entre otras. Volviendo a don Antonio y a la cuestión autobiográfica, mi papá, el don Antonio de la realidad, aunque finalmente cedió a los argumentos de mi madre y de mi abuela, no se privó de decirme que no creyera en lo que, más allá de los contenidos de estudio, predicaran las monjas. Que mantuviera la independencia de criterio. Finalmente, creo que de ese cóctel salió la persona religiosa (sui generis) y bastante anticlerical que soy ahora. Aunque las monjas misioneras que conocí, coherentes con sus convicciones, me parecen dignas de respeto y también, en algunos casos, de admiración, por su gran coraje.

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¿La obra de Arthur Miller, Todos eran mis hijos, más allá del planteo ético, sirvió para concientizar?

Creo que en su contexto histórico fue una obra muy movilizadora. Y en el contexto de la novela, sin duda lo es para los jóvenes que la ponen en escena. Hace una pregunta muy fuerte sobre cuáles son los verdaderos valores que deben regir una vida: ¿el bien social, o el éxito individual, a cualquier costo? ¿Se puede dormir en paz, vivir en paz, después de haber traicionado a la comunidad de la que uno forma parte? Al final, resulta un búmeran. Por haber querido preservar a su familia, y resguardar el patrimonio de sus hijos, el señor Keller se queda sin su hijo mayor, y se quedará también sin el menor: terminará desesperado y acorralado, al punto de suicidarse. Y de alguna manera le pasa lo mismo al señor Milovich, que pierde a su hijo mayor y que funciona como emblema de toda una generación, más o menos contenta consigo misma, que no entiende lo que les pasa a sus hijos. Todos sufren, eso sí, y los padres como Milovich sufren especialmente, porque, así como los hijos revolucionarios no han podido medir la enorme brecha entre el deseo y la realidad, tampoco ellos logran aquilatar la magnitud de la desgracia que los espera, con la privación, irreversible, de esos hijos a los que no comprenden, pero a los que aman, sin duda.

La relación entre padres e hijos no es la misma. La sociedad ha ido cambiando; la familia también. ¿Qué hemos ganado y qué hemos perdido en materia de vínculos, a lo largo de estos últimos cuarenta años?

Los cambios generacionales fueron rotundos, en muy poco tiempo. Mi generación tendió a hacer todo muy rápido: irse de la casa paterna lo antes posible para obtener la independencia de unos padres que solían poner muchas reglas y muchos límites. Uno se casaba formalmente (algo que hoy ha disminuido mucho) y era común que, antes de cumplir los treinta, una pareja ya tuviera uno o varios hijos. A esa edad la mayoría de los jóvenes de clase media hoy todavía no ha formalizado relaciones, y pocos tienen hijos. El momento de irse de la casa de los padres varía, pero no se experimenta con la urgencia de antes. Hay un auge del individuo y de sus derechos, un uso y un goce de las libertades y una relativa postergación de ciertas responsabilidades que nosotros asumíamos enseguida (y quizá sin estar preparados para ejercerlas). Todo eso no implica que los jóvenes actuales estén en el mejor de los mundos: son víctimas de los “contratos laborales basura”, les cuesta reunir las condiciones como para formar familia si quieren hacerlo, etc. Pero digamos que las perspectivas frente a la vida tienden más a fortalecer las aspiraciones y deseos individuales. En ese horizonte de mayores libertades hay cosas que me parecen extraordinarias, tanto en lo que se refiere a las posibilidades de emancipación de las mujeres, como a la aceptación de la homosexualidad (en nuestro país ahora refrendada por la igualdad plena ante la ley de las parejas homosexuales), que antes era impensable, incluso por parte de los que se consideraban revolucionarios. También es más fácil hoy para un joven elegir una carrera vocacional no tradicional. Se piensa más en vivir el presente y no tanto en el largo plazo. Me parece que en general los padres actuales hemos sido más permisivos con nuestros hijos de lo que nuestros padres lo fueron con nosotros. Se nos ha criticado a veces por la cuestión de la “falta de límites”. Personalmente, creo que es difícil educar a las personas para que ejerzan su libertad, pero también que es el único camino para que se desarrollen plenamente, aunque esto implique correr muchos riesgos. No hay forma de evitar los riesgos de la vida, y no hay aprendizaje genuino que no pase por la propia experiencia. Lo importante es estar ahí para hablar, aunque no se esté de acuerdo y cuando no se está de acuerdo, sobre todo. El hilo del diálogo no debería cortarse nunca, porque a través de él se sostiene y se manifiesta el afecto. Y ese hilo se cortó, de manera trágica, en muchas situaciones de ruptura que caracterizaron esos años de tantos conflictos, cuando la Historia se convirtió en huracán y se llevó a tantos, sin que tuvieran tiempo para barajar y dar de nuevo las cartas.

                                                                                  

Sobre El Autor

Ex funcionario de carrera en la Biblioteca del Congreso de la Nación. Desempeñó el cargo de Jefe de Difusión entre 1988 y 1995. Se retiró computando veinticinco años de antigüedad, en octubre de 2000, habiendo ejercido desde 1995 la función de Jefe del Departamento de Técnica Legislativa y Jurisprudencia Parlamentaria. Fue delegado de Unión Personal Civil de la Nación (UPCN) - Responsable del Área Profesionales- en el Poder Legislativo Nacional. Abogado egresado de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la U.B.A. Asesor de promotores culturales. Ensayista. Expositor en Jornadas y Encuentros de interés cultural. Integró el Programa de Literatura de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno. Se desempeña en el Centro de Narrativa Policial H. Bustos Domecq. Es secretario de Redacción de Evaristo Cultural, revista de arte y cultura que cuenta con auspicio institucional de la Biblioteca Nacional (M.M.)

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