Aquello que se cuenta y que se omite. Un poco de locura, de miedo; de imágenes nocturnas.
Algún intruso robando el tiempo; algún lunático. Rupturas de lo habitual desde lo imprevisible.
Lo súbito y lo anormal.
Relatos de lo sorprendente, de lo inexplicable, pero también de lo posible; del aquí y ahora.
Diálogos, monólogos. Un juego de locos y de tantos otros al borde de la locura, cuando no rehenes de la cotidiana.
Lo desconocido; lo imaginario invadiendo espacios de rutinas ajenas y, a veces,  propias.
Lo irreal penetrando en la curiosidad que despierta  los sentidos de los desprevenidos.
Lo insólito, lo inusitado.
Un libro de relatos; una abertura que atraviesa nueve historias; la del intruso sentado en el sofá. La del bajo mesada en la cocina y esa mancha en la pared del fondo. Otra historia es aquel viaje con destino al horror, al escenario del crimen; esos cadáveres del otro lado.
Huecos, más huecos y después recuerdos. Lágrimas y dudas.
Un cambio de vida; un consultorio y una agenda abandonada.
Un agujero ciego en su profundidad. Párpados vendados y ganas de ver algo. Poder dilucidar.
Los patitos en fila. Y bajo el marco de la puerta,  unos ojos rasgados; la luz, la iluminación y una entrega especial de emociones nuevas. Una fuerza reparadora que arranca dolores tan acumulados, como apretados, en el corazón del alma…

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¿Cómo aparece en vos la idea de escribir cuentos?

Hay dos cosas que quise escribir siempre: cuentos y canciones. Publiqué tres libros de poesía, pero siempre quise escribir (y publicar) un libro de cuentos. Me fascina el género en todas sus variantes. Los cuentos que están en El interior S.A., y otros varios que quedaron afuera, los fui escribiendo y reescribiendo a lo largo de los últimos seis años. Entonces, aunque esa podría ser una fecha precisa de origen, el deseo y la acción concreta de escribir cuentos viene de muy antiguo, casi desde la infancia te diría.

Comenzamos con Open Door, con un caso de paranoia esquizoide; es un relato que no deja lugar a dudas; hablamos de demencia. Pero no es el único cuento en el que la locura está latente. De hecho, “al borde de la locura”; “juego de locos”;  inclusive “los patitos en fila”, son sólo algunas de las expresiones que invitan a pensar, aunque más no sea, en  la idea  de acercarse a ciertos trastornos mentales. Me gustaría conocer tu opinión al respecto.

Sí, la locura es un tema que se me escribe desde hace mucho. “Open Door”, el primer cuento de El interior S.A. y también el primer poema de mi primer libro, empieza diciendo que tener un pariente loco en la familia no es lo mismo que no tenerlo. Eso podría dar una pauta, pero también creo que la supuesta normalidad sobre la que paramos los pies es un consenso que todo el tiempo está a punto de quebrarse. Como dice Hawthorne “con solo dar un paso al costado uno puede perder para siempre su lugar”. Y Hola, Harvey, mi segundo libro de poemas, basado en la película Harvey (1950) que protagoniza James Stewart, también cuestiona esa idea, a partir de un protagonista que sigue teniendo en la adultez un amigo imaginario que es un conejo enorme. De todos modos, los cuentos se arman más a partir de la historia a contar y el tema es algo que subyace.

Vínculos familiares, fraternales, amorosos, amistosos, laborales y ocasionales en tus cuentos. ¿Cómo te llevás con la alteridad, y cómo construís la interacción de los personajes?

Los personajes aparecen con las historias, que siempre se me presentan en escenas, no todas juntas sino de forma aislada. Hay relaciones entre personajes que son centrales al desarrollo de lo que se cuenta, hay personajes que aparecen de la nada y vienen a decir algo puntual que provoca un cambio. Me gusta que al final de cada cuento los personajes estén en una situación vital o en un estado anímico diferente a como empezaron.

La construcción de diálogos y monólogos; ¿qué podés decirnos de ello? 

Es que hablen los personajes con su voz, a solas o interactuando con otros, formas de hacer avanzar la acción, de conocer cómo piensan, cómo reaccionan y cómo hablan. Es una parte muy delicada de escribir porque las voces deben sonar creíbles a partir de cómo dicen lo que dicen, y confiables en el sentido de transmitir la información en el contexto de la escena y no de lo que se le quiere “aclarar” al lector. Esa lucha contra la voluntad que lo escribe a uno.

¿Cuándo optás por contar una historia en primera persona, y por qué?

En general no es algo que medito, sino que sale solo. Aparecen una frase o dos que están dichas por alguien. Hubo cuentos en este libro que tuvieron su versión en primera y en tercera persona, la cual permite una distancia mayor para contar lo que pasa y, en el mejor de los casos, un punto de vista múltiple. “Aquello” es un cuento hecho intencionalmente en segunda persona, que siempre suena un poco artificial aunque menos mandataria que en las publicidades, para buscar el extrañamiento que provocan las experiencias límite, y también como una decantación de lecturas de cuentos latinoamericanos de los 60.

Los ojos y las miradas, también cobran importancia en este libro. Te pido una reflexión.

Vuelvo a Hola, Harvey, el libro del que te hablaba antes. Hay ahí cuatro versos que dicen: «Siempre creí que uno es / lo que refleja su cara, / que los ojos no dejan / lugar a confusión…».
Son una parte de la comunicación corporal más expresiva que las palabras mismas, porque muchas veces ahí se adivinan las intenciones del otro, independientemente de lo que esté diciendo. Y escribir es, entre otras cosas, construir un punto de vista sobre los hechos. Me acuerdo también de una frase del músico Ramón Ayala que dice que los ojos son unos alcahuetes del cerebro.

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¿Cuándo y cómo comienza tu relación con la escritura, en general, y con la poesía en particular? Poesía y prosa en tus lecturas.

Mi relación con la escritura comienza desde muy chico, podría ubicarla entre los 7 y los 10 años. Con la poesía podría decir que arranca de los 16 en adelante, donde empecé a hacer un taller con el poeta Javier Adúriz, quien siempre llevaba a esos encuentros algo de poesía y un cuento para que leyéramos. Ahí conocí a muchos de los monstruos de la literatura grecorromana, china y japonesa antigua, y también contemporánea. Con los antiguos, en general, me quedaba perplejo, al borde de la incomprensión, y con los contemporáneos, sorprendido porque eran formas de escribir que ni sabía que existían o que podían resultar “válidas”. Leí mucha poesía durante una década, y después fui dejando, aunque cada tanto vuelvo y me maravillo. Cuentos leí siempre y sigo leyendo bastante, y novelas también, si me entusiasman desde el inicio.

¿Cómo describirías tu proceso de escritura?

Lento y trabajoso. Para escribir cuentos preciso de varias sentadas. Saco una escena o dos por vez, nunca un cuento entero. En parte porque casi nunca tengo la historia completa antes de empezar y en parte porque escribo en los baches que me dejan los trabajos, que encime transcurren delante de la computadora. Y después suelo reescribir bastante, pero aspiro en un futuro próximo cercano a reescribir menos y confiar más en lo que aparece de entrada.

¿Tenés opinión formada sobre el estado de situación de la literatura en la actualidad?

No, la verdad que no. Me resulta inabarcable y tampoco me desvela tener una opinión porque soy, sobre todo, un lector más que un crítico o un teórico. Sí, creo que desde mediados de los 2000, en Argentina se abrió mucho la cosa y está bueno, porque hay un mapa diverso con mundos literarios diferentes y miles de formas de hacer circular textos y de validarse: internet, fanzines, libros en papel, ebooks, ferias alternativas y oficiales, grupos de lectura, etcétera, etcétera, etcétera.

¿Qué tipo de experiencias podés transmitir en lo que hace a las editoriales?

Conseguir que una editorial publique tu libro es un trabajo extra que comienza cuando uno puso el primer punto final al texto. Hay que tomárselo con mucha calma y desapego, casi como si no fuera el libro de uno el que uno que quiere que se publique, porque en ese camino pasa de todo. Editoriales que no responden; que responden y en enero ya cerraron el plan de publicaciones del año y no van a leer hasta el año próximo; que lo leen pero no entra en la onda de su catálogo; que lo leen y te cobran; que lo leen y les gusta y te lo publican. No necesariamente la secuencia en el tránsito al libro se da en el orden de la frase anterior. Solo digo que hay que ser paciente, optimista y mandar el libro terminado a todos los concursos que hay sobre la faz de la Tierra donde no te cobran por participar. Después, cuando el libro se encamina a la publicación, empieza la relación con los editores, que es otro cantar.

¿Qué importancia le das a la academia, a la crítica y al mercado?

De la academia creo que empecé a alejarme dos años antes de recibirme con la certeza de que no iba a volver más, pero sencillamente porque no veía un lugar para mí ahí adentro. Entonces, hoy la tengo asociada a una época, la de mi deformación, y le guardo mucha gratitud, respeto y cariño, pero me resulta tan lejana como la Luna. No soy un gran consumidor de crítica tampoco, pero si tengo una revista o un suplemento en frente puedo leerlo de punta a punta. A veces también me aburre cómo se estandarizó el lenguaje de la opinión sobre los libros y los autores, las palabras y las citas de autoridad a las que hay que rendir pleitesía sin tanta digestión y sin buscar lo primordial para mí que es cautivar al lector. Sin embargo, confieso esta miseria humana: cuando publico un libro estoy a la expectativa de ver si sale algo o de hacer alguna gestión en esa línea. Y leo con alegría todo lo que me entero que sale. Del mercado no sabría qué decir porque todo lo es si viene con un precio, ¿no? Después hay mayor o menor volumen de ejemplares que se imprimen y de alcance en la distribución, y en función de eso, la capacidad de negociar con los diferentes actores del circuito: librerías, cadenas, medios. Más allá de estas consideraciones básicas, entiendo que tejer redes con la academia, la crítica y el mercado redunda en ampliar el público lector para un escritor, y en ese reflejo que vuelve ¿construir la propia imagen?

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Sobre El Autor

Ex funcionario de carrera en la Biblioteca del Congreso de la Nación. Desempeñó el cargo de Jefe de Difusión entre 1988 y 1995. Se retiró computando veinticinco años de antigüedad, en octubre de 2000, habiendo ejercido desde 1995 la función de Jefe del Departamento de Técnica Legislativa y Jurisprudencia Parlamentaria. Fue delegado de Unión Personal Civil de la Nación (UPCN) - Responsable del Área Profesionales- en el Poder Legislativo Nacional. Abogado egresado de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la U.B.A. Asesor de promotores culturales. Ensayista. Expositor en Jornadas y Encuentros de interés cultural. Integró el Programa de Literatura de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno. Se desempeña en el Centro de Narrativa Policial H. Bustos Domecq. Es secretario de Redacción de Evaristo Cultural, revista de arte y cultura que cuenta con auspicio institucional de la Biblioteca Nacional (M.M.)

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