–¿Me la ponés? – me preguntó un nena.

Yo había estado leyendo una revista vieja que encontré en la mesita, un Gráfico, para distraerme un poco de la molestia que sentía en la boca. Levanté la vista. La nena no debe haber tenido más de tres o cuatro años. Me estaba alcanzando una zapatillita rosada con una mano y con la otra se sacaba un moco. Miré alrededor. Un tipo estaba en lo suyo, con una Humor que tenía en la tapa una caricatura de la Salomón y la Romero con el Manosanta; y una mina estaba arrancando una hoja con alguna receta de la Para Ti. Tenía un bolso grande del que salían un Petete de plush y un rollo de papel manteca, así que parece que ya se había chafado los moldes también. No había nadie más.

–¿Me la ponés? –me dijo la nena de nuevo.

Era rubiecita y tenía puesto un jogging de friza rosado. La madre ni la miraba. Yo levanté la revista de nuevo y me hice el pelotudo. El Beto Alonso anunciaba el retiro, y la portada prometía un poster de Boca campeón de la Copa de Oro que ya no estaba. Se lo habían afanado.

Sentí que me apoyaba la zapatilla sobre la pierna y casi pego un salto hasta el techo, pero no bajé la revista. La encía me latía a todo lo que daba y el dolor era cada vez más fuerte. Y para colmo, parecía que la calefacción en el lugar estuviera al máximo.

–No molestes al señor –se ve que la boluda de la madre por fin se dio cuenta.

–No me la quiere poner –dijo la nena, y se fue caminando para donde estaba la madre, pero yo seguía sintiendo el peso de la zapatilla sobre la pierna. Pensé en mi pantalón de corderoy clarito. Pensé en la suela de la zapatilla. Pensé en un chicle, los pendejos siempre pisan chicles en la calle. O mierda. Moví la pierna para que la zapatilla se cayera y después la pateé lejos.

Me sequé la transpiración de la cara con un pañuelo y bajé un poco la revista para mirar a la madre. Seguía en la suya como si nada. La nena estaba arrodillada en el piso con la cabeza debajo de las sillas. Estaba tratando de alcanzar la zapatilla. Me apuntaba con el culo. De reojo me di cuenta de que el otro tipo me estaba mirando, y por más que quise, no pude evitar mirarlo de frente. Por un segundo nuestros ojos se encontraron. Me volví a tapar con la revista.

–González –vino el grito desde el pasillo. El tipo dejó la Humor sobre la mesa y se levantó.

–Pero qué nena más linda –dijo agachándose para acariciarle la cabeza como a un perro. La nena seguía en cuatro. Y después le dijo a la madre: –Cuídela bien, señora. Mire que la calle está llena de sátiros últimamente.

Yo seguía detrás de la revista. Cuando lo escuché, la bronca casi me brota a flor de piel, pero me la comí. Apreté los dientes y se me saltaron las lágrimas, y sin querer estrujé la revista hasta arrancarle la tapa. La encía me latía más fuerte todavía, y no soportaba ni siquiera rozar la zona con la lengua.

La mina le dio las gracias, y cuando el otro salió del cuarto le dijo a la nena: –¿Viste, mi amor? El señor dijo que sos linda.

–¿Quién? ¿Él?

–No, el señor que acaba de entrar al consultorio.

–Ahh –dijo la nena y siguió jugando.

Yo tiré el Gráfico sobre la mesita y me agarré la Humor que había dejado el otro.

–¿Me leés un cuento? – me dijo la nena apoyándome la mano en la rodilla.

Me acomodé como para darle la espalda y traté de concentrarme en las tetas dibujadas de la Salomón y el pavo de caricatura de la Romero.

–Mami, el señor no me lee.

–Dejalo al señor, que está ocupado.

–Pero tiene dibujitos.

–Sí, pero no son para los nenes esos cuentitos. Son para la gente grande.

Después de eso el silencio se hizo patente. Miré por arriba de la revista y la madre seguía en la suya con la Para Tí. Miré debajo del asiento donde había estado jugando la nena un rato antes, pero ya no estaba. Miré para la puerta, al sillón donde había estado sentado el otro tipo, para el lado del pasillo, pero la pendeja no estaba en ningún lado.

Cerré la revista y la apoyé en el asiento de al lado, y ahí de golpe la encontré. La nena estaba arrodillada en el piso entre mis piernas. Me pegué al respaldo del asiento con toda mi fuerza. Me miraba. Solamente me miraba. Tenía los ojos azules. Un moco le colgaba. En ese momento, aspiró fuerte y vi cómo el moco le volvía a la nariz.

–¿Me leés los dibujitos esos? –me dijo con tono de reproche.

Yo apreté los dientes y casi salto hasta el techo del dolor. Se me llenaron los ojos de lágrimas de nuevo y me paré de golpe deslizando la espalda por la pared. La cara de la nena me quedó entre las rodillas.

–Vení que yo te leo mi revista, si querés –dijo la madre.

–Pero no tiene dibujitos.

–¿Cómo que no? Mirá qué linda foto que tiene de esta torta.

Recién entonces la nena se corrió y yo pude respirar. Me arreglé la camisa y salí a la calle.

Sobre El Autor

Darío Seb Durban nació en Vicente López, provincia de Buenos Aires, un año maldito de la era de plomo. Cursó varios estudios, ninguno digno de mención, y se empeñó en no terminar ninguno. Entre los años 1995 y 2006 estudió música informalmente y compuso canciones y poesía jamás oídas. Entre los años 2001 y 2007 se desempeñó como dramaturgo en la compañía teatral Crisol Teatro, estrenando cinco obras entre las que se contaban Las noctámbulas, Factoría y Zozobra. A partir del año 2012 participó talleres literarios, donde se avocó a explorar la voz de distintos narradores, nunca encontrando la suya propia. Hoy trabaja de forma inconsecuente en industrias no literarias, y ocasionalmente escribe textos que reproducimos en Evaristo Cultural.

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