LA MORADA DEL SILENCIO

En Corintios, 13, Pablo se compara con “metal que resuena, o címbalo que retiñe’’; se sobreentiende: en silencio.

Quien escribe espera, en principio, todo del lenguaje hasta que advierte –para sorpresa primero, para desencanto después, para desesperación por último- que el lenguaje no es un filántropo manirroto, sino un administrador cicatero: concede algo pero se reserva un resto, se ofrece para enmascararse, parece transparente pero está nimbado por una densa opacidad, celebra un interminable connubio con el silencio.

Hay libros manifiestamente incompletos (por fallecimiento o desfallecimiento del autor), y la lista resultaría tan tediosa como remanida: Ser y tiempo, Bouvard et Pécuchet, El idiota de la familia… Pero cabría preguntarse: ¿acaso no están todos los libros tácitamente incompletos? La letra, de modo inevitable, da cuenta de los límites del escritor y de la escritura: es la inscripción que denota lo que hay y, en el mismo momento, revela cuanto falta, la carencia, la radical imposibilidad.

El lenguaje se erige (se da, se ofrece) en una aparente plenitud, pero –como señala Quignard con inequívoco acierto- el lenguaje es el lugar “donde falta la palabra” (p. 68) y allí reside su más exquisita paradoja: es una erección atravesada por la impotencia; de allí que la conclusión de Quignard desemboque en una definición que se asimila a una aporía: “el silencio es esa erección” (p. 65). Como advertía Virginia Woolf, “los libros provienen de los libros” (¿de qué otro lado podrían provenir?: los libros establecen entre ellos un coloquio incesante); El nombre en la punta de la lengua dialoga con particular fluidez con Lenguaje y silencio, de George Steiner, donde en el capítulo “El silencio y el poeta’’ se afirma algo que Quignard suscribiría sin hesitar: “… la palabra eligió la tosquedad y la flaqueza de la condición humana como morada de su propia vida imperiosa’’.

El nombre que está en la punta de la lengua y que se niega a ser articulado es una falta que se remite al origen (a Babel, se podría conjeturar, para ser más precisos). Si, como piensa Maurice Blanchot, toda lengua (todo libro) desarrolla una busca del origen, de su propio origen, hay un origen primordial (el de cada sujeto, el origen enmarcado en esa cópula azarosa que tuvo como consecuencia nuestro alumbramiento) que no admite ser narrado, una escena que no puede ser traducida en palabras porque es una escena que nos concierne y nos recubre en nuestra totalidad, pero de la que todo ignoramos: en el origen, pues, está la falta, el silencio, la ausencia; y en el desarrollo de la lengua (de la escritura, del habla, de la enunciación), esa falta se multiplica y se ahonda. En el lenguaje hay un núcleo duro, resistente, irreductible, y ese núcleo es la inefabilidad de la lengua: aquello que se desea decir y no se puede, que se anhela escribir y no se escribe, aquello que queda en la punta de la lengua, vibra en el paladar, pero no se hace palabra. O dicho de otro modo: las cuatro letras de la palabra mesa nunca alcanzan a definir a esa tabla sostenida por cuatro patas sobre la que se come, se bebe y se intenta una práctica aproximadamente imposible: la escritura. Tal es el tema que atraviesa las páginas de El nombre en la punta de la lengua, escrito originalmente como obra de teatro (estrenada el 15 de abril de 1993) y que, en forma de libro, consta de dos partes: una fábula que le da el título al volumen y una segunda parte, “Breve tratado sobre Medusa”, donde el lúcido discurrir de Quignard alcanza cotas de infrecuente hondura.

¿Qué es la escritura sino una práctica sostenida en la esperanza de “la próxima vez”? “Esta vez” (en este libro), el escritor no ha podido atrapar (asir, someter) la palabra imposible, aquella que se ha quedado en la punta de la lengua y en la periferia de la estilográfica. Pero “la próxima vez” (en el próximo libro) podrá lograrlo, aunque sepa y no deje de saber que vive en un estado de próxima vez, de latencia, de ilusoria esperanza. “La próxima vez” es el denuedo y la vigilia, la débil certidumbre y la rigurosa imposibilidad, el estímulo y el desasosiego. Por todo ello, se puede arribar a una conclusión tan melancólica como irrebatible (o bien, melancólica por su carácter irrebatible): si Flaubert hubiese estado eximido de la finitud, si hubiera sido señalado con el discutible beneficio de la eternidad, Bouvard et Pécuchet seguiría siendo un libro incompleto, sin terminar, irremediablemente trunco. El escritor es el metal que resuena y el címbalo que retiñe: en incesante pugna con el silencio.

 

Pascal Quignard, El nombre en la punta de la lengua, Interzona, 2022. Traducción de Silvio Mattoni, 91 páginas.

Sobre El Autor

Osvaldo Gallone nació en Buenos Aires. Es escritor y periodista cultural. Publicó los libros de poemas Crónica de un poeta solo (Botella al Mar, 1975) y Ejercicios de ciego (Botella al Mar, 1976); los ensayos La ficción de la historia (Alción, 2002) y Lectura de seis cuentos argentinos (San Luis Libro, 2012; Primer premio en la Convocatoria Nacional Cuento y Ensayo, 2010). Y las siguientes novelas: Montaje por corte (Puntosur, 1985), La niña muerta (Alcobendas, España, 2011; Primer premio a la Mejor Novela en el III Premio de Novela Corta, 2011), Una muchacha predestinada (V.S. Ediciones, 2014; Primer premio a la Mejor Novela V.S. Editores, 2013), La boca del infierno (Evaristo Ediciones, 2016). Ha ganado diversos premios literarios tanto en España como en Argentina. Y colaborado, como periodista cultural, en medios nacionales e internacionales. Coordina desde hace tres décadas Seminarios de lectura y crítica literaria. osvaldogallone@hotmail.com

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